domingo, 25 de octubre de 2015

Examinadores de Tráfico por Manuel Burgos Toimil

Pues, dilecta leyente, la supongo enterada de la bulla que tienen montada los examinadores de Tráfico, entre cuyas reivindicaciones está la de no dar el resultado del examen, personal e inmediatamente de la finalización del mismo, al examinando, pues ello genera riesgos para su integridad personal. Lo que debe ser un añadido más al de ir en manos de un desconocido cuya capacidad al volante está pendiente de determinarse; cuando de todos es sabido como puede llegar a cambiar uno cuando se sube al buga.

Sinceramente, creo que en nuestro país no se conduce mal. Todo automovilista con permiso de conducción conoce a la perfección las normas de Tráfico y los hay verdaderos doctorandos, otra cosa es que no siempre las cumpla y, así, a veces se crea Fittipaldi y utilice la carretera como un circuito de carreras y, otras como un paseante en dromedario por las dunas de Namibia, formando unas caravanas del copón. Pero si tenemos en cuenta la cantidad de los que circulan sin el permiso, nos asalta la sospecha de si ya nacemos con un chip especial para esto de los rodantes. El aparcamiento entre columnas en el parking o entre el contenedor y el paso de cebra suele ser impecable. En su haber hay que destacar la falta de respeto a la distancia con el conductor que le precede y el frenético uso del pito para intimidar o reprobar a otros, convirtiéndose bien en el diablo sobre ruedas o justiciero del asfalto. 

La frustración por no conseguir el aprobado, cuando se ha pagado un pastón, cuando el carné se precisa para poder ser cogido en un empleo y más si ya eres repetidor, puede generar momentos de violencia contra el examinador y de hecho se producen este tipo de enfrentamientos y no solo verbales. Creer que aquél peca de imparcialidad, y siendo que su decisión es inapelable, también contribuye a esas reacciones de agresividad.

La solución no está sólo en que el fallo se comunique en frío, sino en que al que han suspendido le quede clara constancia de los errores en que ha incurrido y no sólo porque le informen de palabra o por escrito, sino entregándole una grabación de su conducción, para que a su vez le sirva de estudio para corregirse. La otra solución sería que el examen práctico lo realice un tribunal, pero eso parece más costoso y de difícil articulación. Pero tampoco le resulta estimulante comprobar como los que ya tienen el permiso adelantan al coche de prácticas sin respetar los límites de velocidad e incurriendo en otras infracciones con general impunidad, y se pregunta para qué tanta exigencia; cayendo en la falsa creencia de que luego va a poder hacer lo que le dé la gana.

En cualquier caso, son muchas las profesiones que entrañan riesgo y ello, como suele decirse, les va en el sueldo, siempre que el sueldo sea acorde; que nunca lo es. En unas, el peligro procede de agentes externos (bomberos, albañiles…) y otras de los propios semejantes (policías, médicos, profesores…) En mi paso por la Universidad, en los exámenes orales, sin grabación, siempre me quedaba la duda de si habría sido justo, sobre todo cuando se me presentaban los alumnos a la revisión de examen y no tenía ningún medio probatorio para refutar sus reclamaciones salvo cuatro apuntes que había conseguido anotar de cada intervención, y corriendo el riesgo de ser denunciado por discriminación de género (más del 80% eran mujeres) incluso por racismo (algunas eran de color. Vamos de color negro.); pero ese es un problema al parecer ya superado y que podría servir de orientación para los exámenes de conducción.

Para usted, dice, dilecta, el problema está en cómo comportarse en las glorietas, y lo peor es que entre los mismos profesionales no hay consenso sobre la correcta interpretación de la Ley. Eso de tener que cogerla por la parte más exterior cuando lo que pretendes es salir por el lado más interior y luego rodear a lo que van hacia tu lado opuesto, hace dudar si ese capítulo no lo habrán copiado del Congo belga. (Información)

www.atlantico.net

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