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domingo, 9 de abril de 2017

La increíble historia del tráfico en Valencia

- En el siglo XVIII se instauró una normativa de conducción que castigaba con presidios en África si se infringía dos veces

- Aparcar mal en la capital del Turia podía suponer en 1584 la excomunión general



De entre todas las series televisivas que marcaron las sobremesas de mi infancia, 'El coche fantástico' era mi predilecta. Ese coche parlanchín que daba increíbles saltos con el hiper-propulsor tenía su propio corazoncito. Ahora, con el paso de los años, valoro aún más a Kit. Paradójicamente, por una característica que el macarra de Michael Knight apenas consideraba. También es cierto que ninguna de sus aventuras transcurría en Valencia. Y Michael no tenía una vida convencional. Una existencia más prosaica como la de un servidor apreciaría mejor las prestaciones de aquel vehículo. Además a diario. Me imagino regresando del trabajo y diciéndole a mi flamante máquina: «Kit, aparca tú, que me cierra el Mercadona» o «Kit, son las diez de la noche y me niego a estar una hora dando vueltas. Ya sabes qué hacer».

Quizá esta última tarea se antoje misión imposible incluso para Kit. Más con la polémica prohibición de aparcar por la noche en el carril de la EMT prevista en principio para mañana pero que entrará en vigor el próximo mes. El tema de esta semana aborda el origen y la evolución de las normas de circulación, surgidas lógicamente en aquellos contextos en los que fueron precisas. Les propongo un recorrido desde la cultura sumeria hace 6.000 años hasta la Valencia más inmediata. Una síntesis deudora de los estudios del doctor Luis Montoro González -catedrático de Seguridad Vial de la Universidad de Valencia- sobre cómo llegaron, cómo han pasado y, por supuesto, cómo se transforman las normas de tráfico.

En la vida todo llega, todo pasa y todo cambia. Parece que desde la misma invención de la rueda (probablemente hacia el 3500 AC en Sumeria, actual Irak) aparecieron normas reguladoras para el innovador tráfico rodado. Para la primera sanción por conducir bebido -supuestamente documentada a través de un papiro- todavía habría que esperar algún milenio. Según algunos especialistas, se produjo en Egipto hacia el año 800 AC. El conductor de un carro perdió el control de este a causa del alcohol y, fatal destino, atropelló a una niña. Su castigo, una pena capital desgarradora. Literalmente. Fue colgado frente a la taberna donde había cogido la melopea, a la espera de ser devorado por aves rapaces. «Si bebes no conduzcas». Aunque el genial Stevie Wonder nos lo inculcó como nadie, la norma se remonta a la Antigüedad.

Al igual que tantos otros adelantos culturales, el primer código de circulación oficial conocido es atribuido a los romanos. En particular a Julio César. El gran rival de Astérix y Obélix promulgaría hacia el año 45 antes de Cristo la 'Lex Iulia municipalis', apenas unos meses antes de caer asesinado por sus enemigos, los de carne y hueso. Esta contenía horarios de circulación para determinados carros, normas de estacionamiento, preferencias de paso, señales de tráfico, etcétera.

Aunque el primigenio código tendría su vigencia inicial en la bulliciosa Roma, pasaría en remodeladas versiones a otras ciudades del Imperio Romano. A Hispania llegaría hacia los años 15-14 antes de Cristo, de la mano de Augusto, quien la introduciría en las principales ciudades. Dando por positiva la incorporación de ese código en función del crecimiento urbano, podría especularse sobre su asimilación en la Valentia del siglo II después de Cristo, cuando la capital del Turia gozó de gran esplendor.

Señales primigenias

No sabemos si el cardo y el decumano (las principales vías que organizaban el urbanismo) de Valentia contarían con señales de tráfico de la época, pero diversos autores han demostrado que prácticamente dos milenios atrás ya existían en otras urbes del Imperio. Así, palos introducidos verticalmente hacían las veces de nuestras actuales señalizaciones móviles que permiten o impiden el acceso a determinadas vías.

Mucho más llamativas eran las señales de Stop de la Antigüedad. Al menos en este aspecto, el tiempo pasado sí fue mejor. La indicación que advertía a los carreteros sobre la necesidad de detenerse para dar prioridad al vehículo que se cruzaba era una estatua del dios Mercurio, divinidad pagana asociada al comercio y con función de mensajero entre otros dioses. Desconocemos si eran respetados, pero sin duda, uno podía realizar el Stop 'como su dios mandaba'. Se circulaba por la derecha y existían también acuerdos tácitos entre los carreteros y porteadores: tenían preferencia de paso los vehículos pesados y los conductores de mayor edad. La vulnerabilidad del sistema se manifestaría a través de las discusiones que generaban los accidentes, creando un ambiente no muy distante del Nápoles actual. Si han estado no necesitarán mayor explicación. Si no han tenido la oportunidad, vayan y compruébenlo.

Sobre los parecidos que guardamos con los hombres del pasado, basta recordar que los calentones a causa del tráfico aparecen recogidos en la Grecia clásica. Sófocles relató en el siglo V AC cómo Edipo, sí, el del complejo, mató a su padre tras una discusión sobre quién tenía la preferencia de paso.

El peso de la cultura romana siguió vigente durante más de un milenio en buena parte de un continente cuyas infraestructuras de comunicación seguían en progresivo deterioro. Lógicamente aparecerían las sanciones preceptivas a causa de las infracciones que se cometían. En España, los Reyes Católicos tomaron importantes iniciativas al respecto según la documentación.

Carros y procesiones

Pero si quieren sanciones ejemplares, hay que remontarse algo más de cuatro siglos. Eso sí, sin apenas desplazarnos en el espacio. La falta era mucho más grave que la de aparcar en el carril bus por la noche. No se preocupen, si existiera concejal con la autoridad para emular tal punición, hubiera omitido la noticia. Corría el año 1584 cuando, bajo el impulso del arzobispo de Valencia San Juan de Ribera se dictaminó la excomunión mayor a todo aquel que circulara o estacionara su carro en el recorrido de las más solemnes procesiones entre el mediodía y el anochecer. ¡Lo que hubieran dado aquellos hombres por ser 'víctimas' de la grúa y su multita de rigor! Se puede aventurar que la radicalidad del castigo suscitaría el respeto total a la prohibición.

También en Valencia, en marzo de 1772, se publicaron ciertas órdenes dictadas en Madrid por su Majestad sobre «el modo y forma que deven ir de oy en adelante los coches, galeras y demás carruages, para evitar las desgracias, y perjuicios que hasta ahora se han ocasionado». El asunto afectaba a la ubicación y el número de conductores de los carros, causa de diversos atropellos. El zagal, ayudante del mayoral (quien gobernaba el tiro de los animales) estaba obligado a ir montado delante, y no al lado de su superior. Saltarse una vez la nueva orden acarreaba una pequeña multa económica al propietario del carro y 30 días de cárcel al zagal. La segunda infracción se sancionaba con cien ducados a los dueños del vehículo y con cuatro años en un presidio africano a los zagales. Para evitar que los infractores se ampararan en el desconocimiento se emitía un bando que se exponía impreso en diversos edificios públicos.

Llegan los coches

Y por fin, los coches. A Valencia llegaron a comienzos del pasado siglo. Quizá la familia Frígola, o tal vez la familia Trénor, fue la pionera de la conducción cotidiana por nuestras calles, aunque la primera matriculación se produjo el 30 de abril de 1902, cuando Francisco Garcés registró su Peugeot. Para entonces ya estaba operativo el Reglamento para el Servicio de Coches Automóviles por las Carreteras del Estado, forjado en el año 1900.

Los vehículos particulares no podían exceder los 28 km/h y los de servicio público los 25. En las travesías, los 'escalofriantes' límites de velocidad se reducían a menos de la mitad. Si te pillaban dos veces circulando a más de 12 km/h en una población podías despedirte de tu permiso. Este reglamento se iría revisando en sucesivas fechas -1907, 1918, 1926, 1928- para ponerlo tanto en sintonía con los avances tecnológicos y la multiplicación de vehículos a motor como con las normas internacionales. Sin embargo, es en 1934 cuando se realiza el primer y más longevo código de circulación, del cual siguen vigentes unos pocos artículos en las remodelaciones efectuadas durante las últimas décadas. Ustedes y un servidor formamos parte de esta incesante historia que, a mi pesar, y quizá para su descanso, debe detenerse. Todo llega.

Fuente: Las Provincias

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