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viernes, 9 de octubre de 2015

Exámenes a puñetazos


Exámenes a puñetazosLinchamientos, puñetazos, patadas, amenazas de muerte... Pueden ser las consecuencias de un «no apto» en el examen práctico de conducir. A algunos de los cerca de 700 examinadores de tráfico que hay en España dar un suspenso les ha costado puntos de sutura, disgustos, miedo, denuncias y hasta hay quien ha optado por abandonar la profesión. Llevan 25 días de huelga y exigen que el «no apto» se dé a los aspirantes a conductores en diferido, como ocurre con los resultados del examen teórico. Es decir, al día siguiente del examen práctico, cuando ya no haya posibilidad de lanzar un puño por la ventanilla del coche al examinador.




Exigen que su profesión sea reconocida como «de riesgo» y se lamentan de que no se ofrezca un servicio de calidad teniendo en cuenta que realizan hasta 13 pruebas al día. «Eso no nos deja tiempo a veces para ir al baño, o no podemos ir a desayunar o tenemos que acabar nuestra jornada más tarde porque, si no haces las pruebas asignadas, te pueden incoar un expediente disciplinario», explica Joaquín Jiménez, presidente de la Asociación de Examinadores de Tráfico (Asextra).


Muchas de las agresiones acaban en juicios de faltas o con condenas casi ridículas. Es lo que ocurrió el pasado verano en Toledo. Minutos después de que un joven hubiera suspendido, vino su madre y propinó dos bofetadas al examinador, en un momento en el que el funcionario estaba desprevenido. La condena fue de sólo seis meses de cárcel.


J. L.V., de Granada, fue examinador durante 20 años, hasta que en 2013 decidió dejar el puesto después de que suspendiera a uno de los alumnos de un profesor que se abalanzó sobre él y estuvo a punto de estrangularle. «Curiosamente esta vez no fue el alumno, sino el profesor que, según el reglamento de conductores, debe colaborar con el funcionario examinador. Ya había suspendido con anterioridad a una sobrina suya y eso creo que lo tenía “clavado”. Al iniciar la prueba me di cuenta de que el coche no llevaba puesto el testigo luminoso y acústico que es obligatorio y que delata al profesor en el caso de que ayude a un alumno. Me dijo que lo tenía en la guantera. Le referí que lo tenía que poner en lugar visible, pero me respondió con malas formas diciendo: ‘‘Siempre estás dando por culo...’’. Le dije que me bajaba del coche y que iba a dar parte a mi coordinador, pero mientras yo me apresuraba a recoger las cosas de la parte trasera del coche, él corrió hasta llegar a mi puerta. La abrió, impidió que bajara del coche y me amenazó de muerte. Se abalanzó sobre mí y apretó con fuerza mi cuello. El alumno, al ver el panorama, espetó: ‘‘¡Vete! ¡vete!’’. Fui al hospital y a comisaría a denunciar. Estuve baja porque me causó un estrés grandísimo. Pensé que esto no conducía a ningún sitio y decidí cambiar de profesión. Hubo juicio y la condena fue una porquería: multa de 240 euros, pago de costas y 7.800 euros de indemnización que aún no he visto porque el agresor ha puesto un recurso».


Gustavo, de Ceuta, recuerda cómo en 2009, comunicó a un alumno que había suspendido después de cometer una «falta eliminatoria». «Salió del coche, se dirigió a la ventanilla de la parte trasera, donde me encontraba. Me soltó el puño y salió corriendo. Yo creía que se marchaba, pero no... De repente se agacha y le veo con una piedra de grandes dimensiones que me lanzó y pude esquivar. Se volvió a por otra piedra, pero esta vez me impactó en la espalda. Caí al suelo. Fue entonces cuando se lio a darme patadas. Nadie me ayudó. El profesor del chico que estaba presenciando todo se quedó como “atontado”. Vi la muerte en mis talones. Menos mal que en aquel momento pasó un coche de la Guardia Civil. Estuve 15 días hecho polvo».


Juan Carlos Aedo, miembro de la directiva de Asextra también ha tenido experiencias para olvidar. «Las agresiones verbales son habituales. Lo mismo te encuentras a un hombre trajeado que te amenaza con denunciarte que a un niñato de 18 años que te llama “cabrón” o “hijo de puta”. Lo peor es que en estos casos la Administración no puede hacer nada. El examen de conducir es un acto administrativo y no puedes decir que una persona va a estar determinado tiempo sin examinarse porque este supuesto no está regulado ante las amenazas o los insultos». Juan Carlos también ha vivido momentos de tensión. El peor fue hace unos años cuando llegó la hora de dar la calificación de «no apto» a un alumno por haberse saltado un stop y no parar con el semáforo en ámbar. «No estaba contento. Me decía que tenía problemas económicos, pero nosotros no podemos dejarnos influenciar por estas circunstancias que todos lamentamos. Tenemos que ser imparciales en un examen. Primero se puso a dar golpes en el volante. Después salió del coche dando un portazo y comenzó a dar golpes en el cristal a la par que profería toda clase de insultos. El profesor y yo estábamos dentro del coche asustados. Permanecí dos minutos encerrado sin poder salir hasta que el alumno se calmó. Fueron los más largos de mi vida».


Más reciente es el caso que le ocurrió el pasado 1 de septiembre a Ángel Fernández en Cuenca. «Suspendí a un chico de 18 o 20 años por no respetar un ceda el paso. Salió del vehículo dando un portazo violento que nos dejó a la profesora y a mí sorprendidos. Con una riñonera comenzó a golpear el cristal que estaba en mi lado. “Sois unos hijos de puta, me vais a arruinar”, empezó a decir». Había dos alumnos que estaban esperando para examinarse y los hicimos meterse corriendo al coche. Salimos poco menos que huyendo. Pasamos un momento de mucho nerviosismo».


Algo parecido ocurrió el miércoles en Almería. Al comunicarle el suspenso, el alumno empezó a insultar y proferir amenazas al examinador. Su actitud violenta fue aumentando de intensidad a pesar de que la profesora intentaba por todos los medios razonar con él y hacerle ver que las faltas anotadas por el examinador eran correctas. No se bajaba del coche y empezaba a ponerse cada vez más agresivo. Finalmente optó por abandonar el vehículo pero fue necesario llamar a la Policía.


Los examinadores se quejan también de las presiones de los profesores de las autoescuelas: «Que si es mi sobrino el que viene a examinarse, que si al chico le cumple el teórico, que si se va al extranjero...». O son los propios examinados los que lanzan advertencias como la que recibió Gustavo de Ceuta: «¡A mí no me suspendes! ...Mira que he salido de la cárcel y a mí me da igual todo...». (Informacióncompleta)

www.larazon.es

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